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Federico Tobar

En 1989 obtuve una beca y me fui a estudiar Salud Pública y Economía de la Salud a Brasil. En las clases era un digno exponente de la soberbia porteña y no perdía oportunidad de señalar que “en mi país esos problemas ya están resueltos”. Claro, ya no había Malaria (con mucho orgullo repetí mil veces que fue mi tío Carlos  Alvarado quien lo erradicó), tampoco había casi Lepra, muy poca Leptospirosis (aún no había ocurrido el desborde del Rio Salado que luego hiciera que Santa Fe pareciera Hamelin). En aquel  año, la esperanza de vida al nacer era en Argentina 7 años mayor que en el Brasil que me recibía y cuatro años mayor que en el promedio de América Latina y el Caribe.

Pero el tiempo pasó y nuestra oportunidades sanitarias se fueron desaprovechando sin prisa, pero sin pausa. Hoy nuestra esperanza de vida es apenas dos años mayor que la de Brasil y un año mayor que el promedio regional. Como lo muestra el siguiente gráfico, las proyecciones demográficas de las Naciones Unidas muestran que cada año tendremos menos motivos para sentir orgullo de nuestros resultados sanitarios. No es difícil encontrar el motivo. No hemos tenido políticas de salud serias y proactivas por mucho tiempo. Y cuando las hubo duraron poco más de una gestión ministerial. (Hasta hace poco también sentía cierto orgullo de haber formulado e implementado Remediar, programa que sobrevivió a cuatro mandatos presidenciales; pero al que la actuales autoridades decidieron discontinuar).

La salud pública no está en Argentina peor que antes, pero sí avanzó mucho menos que en los países vecinos. En otras palabras, en salud también estamos en zona de repechaje.

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Fuente: https://esa.un.org/unpd/wpp/Graphs/DemographicProfiles/

 

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