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Luis Scervino para Diario Clarín

Hemos leído hasta el cansancio que temas como la salud de nuestra población deberían ser encarados como “políticas de Estado”. Hemos escuchado a la mayor parte de la clase política defender a viva voz este concepto. Nos sorprenden permanentemente ex funcionarios del área, que realizaron gestiones que no resisten los informes de la AGN, pero que sin embargo levantan su dedo índice señalando los errores de otras administraciones.

En fin, pareciera que para hablar, escribir o ver la paja en el ojo ajeno, los argentinos tenemos una arrogancia que no se condice con los resultados que logramos cuando tenemos la responsabilidad de gestionar un cargo público, legislar o conducir una empresa. Pensar la salud como una verdadera política de Estado debería tener como objetivo lograr que todos los habitantes de nuestro país, independientemente del lugar y las condiciones socioeconómicas del hogar del que provienen, tengan un acceso equitativo a bienes tan preciados como la alimentación, vivienda, agua potable, cloacas, educación, trabajo digno y atención médica, entre otras cosas.

Después de varias décadas de democracia, el fracaso y el retroceso que exhibimos en materia sanitaria, especialmente mientras crecíamos a tasas chinas; seguramente tienen que ver con el pensamiento de nuestra clase dirigente, que confundió políticas de gobierno con políticas de Estado.

Las políticas de gobierno son tan efímeras como los cuatro años que dura el mandato presidencial, y pueden mostrar resultados a corto plazo, pero suelen resultar estériles para resolver los problemas sanitarios de fondo que exigen una mirada estratégica de largo plazo.

La fuerte predilección que algunos gobiernos del pasado han mostrado por “cortar cintas” de hospitales que ni siquiera pudieron terminar, y que aún habiendo finalizado las obras no pudieron ser puestos en marcha por falta de presupuesto, se inscriben en esta línea de pensamiento.

Como también, la utilización de créditos internacionales para financiar gasto corriente como la entrega de bolsones de medicamentos u otros insumos. O contar con más de un centenar de “programas” en compartimentos estancos, con poca o nula correlación entre ellos, y que además insumen elevados gastos administrativos y de consultorías externas. O carecer de un padrón real de nuestra población que nos permita identificar los niveles de cobertura como así también los grupos más vulnerables. Estas son algunas de las realidades que recibimos en materia de salud y que estamos empezando a cambiar.

No se puede concebir una política de Estado sino logrando consensos entre todo el espectro político. Consensos que trasciendan los gobiernos de turno y los intereses partidarios o sectoriales. Que se prescinda de los privilegios de unos pocos en pos del bienestar de todos.

Ante la necesidad de abandonar la nave, a nadie se le ocurriría pensar que los que viajan en camarotes de lujo tengan más derecho que los que viajan en la bodega a subirse a un bote salvavidas, como nos mostró Spielberg en la película Titanic.

En nuestro país, las inequidades en materia de Salud reviven día a día el fantasma del Titanic, pero a nadie pareciera conmoverlo demasiado. ¿Será que durante muchos años nuestra clase dirigente creyó que por viajar en primera tenía asegurado su salvavidas?

Para muestra basta un botón. Salvo excepciones, los políticos, funcionarios, dirigentes o empresarios no se atienden en los hospitales públicos. Sin embargo, todos dicen defenderlo y hablan loas de el, pero a la hora de “poner el cuerpo” eligen clínicas o sanatorios privados para su atenciónòn. ¿Por qué será?

Las cifras de pobreza de 2015, y por ende el consiguiente impacto negativo en materia de salud, son la prueba palmaria que los dirigentes que nos precedieron tuvieron poca imaginación para resolver el problema o no supieron cómo hacerlo. Puede que el motivo no sea claro, pero lo cierto es que las consecuencias recayeron sobre los más pobres.

Formo parte de un Gobierno que en materia de salud se ha propuesto terminar de una vez y para siempre con las desigualdades y las inequidades que arrastramos desde hace años. No es una tarea fácil. Sabemos que entraña un gran esfuerzo, pero estamos dispuestos a llevar adelante un modelo sanitario concebido como política de Estado. La implementación de la estrategia de cobertura universal de salud, discutida y consensuada en el seno del consejo federal de salud con todos los ministros del área de todas nuestras provincias, hoy ha sido adoptada por gran parte de las jurisdicciones.

Los dirigentes, funcionarios, legisladores y nuestra clase dirigente en general debemos llamarnos a la reflexión. Estamos ante una gran oportunidad que no podemos ni debemos desaprovechar. Si comprendemos que legislar por enfermedad no es la solución, que las políticas sin consensos terminan fracasando, que conocer el mapa es importante, pero más aún lo es conocer el terreno, que la ineficiencia y la corrupción en salud matan; seguramente podremos construir entre todos un futuro mejor para las próximas generaciones de argentinos.

Luis Scervino es médico. Superintendente de Servicios de Salud de la Nación

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