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Javier Vilosio

La reciente crisis en el Ministerio de Salud de la Nación no se pareció en nada a la repercusión que por estos días tienen la renuncia del ministro de Hacienda, y la designación de sus sucesores.

El cuestionamiento a la cartera sanitaria y los anuncios de cambios, demorados y extraoficiales, produjeron sólo una conmoción restringida al pequeño mundillo de quienes por intereses políticos, económicos o académicos echan cotidianamente una mirada a las novedades de un sector que no parece movilizar el interés del público ni de los medios (que no son lo mismo, pero se parecen mucho), pese a que casi el 10% de la riqueza que produce Argentina se gasta en los servicios de salud –con sólo algo menos de la tercera parte como gasto público-; o que se trata de un componente central de la calidad de vida de los habitantes de un país donde una de cada tres personas es oficialmente pobre.

Sin embargo, es obvio que nuestra percepción como ciudadanos es que los avatares de las decisiones de la macro y microeconomía impactan en nuestra vida cotidiana de una manera brutal y trascendente. Algunos, además, sabemos que la economía condiciona mucho de la utilización y los resultados del sistema sanitario. De manera que un ministro de Economía vale, entre nosotros, varios ministros de Salud.

Más allá de la personalidad más o menos expansiva del funcionario de turno, sus ambiciones y destrezas políticas o su curriculum, un ministro de Salud de la Nación es un hombre con escaso poder.

Y desde el principio enfrentará un dilema de hierro: si se propone sólo “gestionar” encontrará que el funcionamiento del sistema no está en sus manos. Y si se propone transformar el sistema encontrará que tiene poca capacidad de negociación con los actores fundamentales, que son políticos, pero fundamentalmente corporativos.

¿Por qué? En primer lugar el Ministerio de Salud no tiene “territorio”, ese bien tan preciado por la ambición política, e imprescindible para desarrollar acciones concretas que incidan en la vida de las personas. El ministro tiene un despacho grande, secretarias, una gran estructura técnica y administrativa a su disposición. Viajará por el mundo representado al Estado Nacional. Pero tiene escasa capacidad de incidir sobre la realidad de la gente de su país.

Y es que es raro nuestro federalismo: un sistema tan centralista en muchos aspectos (por ejemplo, en materia fiscal), pero en el que las evidentes inequidades interjurisdiccionales de los servicios sanitarios se sostienen obstinadamente como un orgulloso logro, digno del siglo XIX.

De los dos puntos y medio del PBI que gasta el Estado en Salud, sólo medio corresponde a la Nación. El resto a Provincias y Municipios. Las obras sociales provinciales también doblan en gasto a la Nación.

En segundo lugar, aunque formalmente el ministro encarna la máxima autoridad sanitaria, lo cierto es que en la práctica tiene poca o nula incidencia en el funcionamiento de dos organismos fundamentales para comprender cómo es y cómo funciona la salud en la Argentina: el PAMI – que gasta casi el doble que la jurisdicción nacional- y la Superintendencia de Servicios de Salud, que gasta casi el triple solo en lo referido a las obras sociales: tiene bajo su jurisdicción, además, a las empresas de medicina prepaga.

La enorme cantidad de recursos materiales que administran o gestionan estos organismos le otorgan a sus conducciones un peso político trascendental.

Recursos implican capacidad de negociación. Y ese es el nombre del juego.

Sólo si el PAMI y la Superintendencia se alinearan con el Ministerio tras programas y políticas concertadas en objetivos, estrategias y metodología podríamos esperar que ocurran algunas transformaciones sustanciales en el sistema de salud.

¿Sería eso posible? La experiencia política en Argentina no abunda en ejemplos de equipos con un programa explícito y la convicción de que la misión es más importante que los protagonismos: sea que los funcionarios provengan de la militancia política, la línea burocrática o de las oficinas de un head hunter, no hemos asistido hasta ahora a esa conjunción de voluntades políticas y capacidades que permitan integrar recursos y generar firmes acuerdos y estrategias que sobrevivan más de una administración.

Y las oportunidades para que ello pase se repiten sólo cada cuatro años.

 

 

El articulo ha sido publicado en Confluencia Digital, accesible en:  http://confluenciadigital.com.ar/2016/12/un-ministerio-de-salud-anemico/

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3 pensamientos en “Un Ministerio de Salud anémico

  1. Desde la coordinacion del Grupo Pais, compartimos la respuesta de Federico Tobar:

    Felicitaciones Javier

    No solo me gustó el artículo, también es importante reconocer que consiguió que reaccionemos. Lo cual es un mérito aún mayor.

    Con paciencia de filatelista paso bastante tiempo mirando cómo se diseñan las instituciones y las políticas sanitarias en diferentes países. Desde esa mirada me animo a decir que nuestro problema no está en la infraestructura sino en la superestructura. No es cuestión de chapas ni de organigramas, es cuestión de las prácticas que toleramos y exigimos.

    La etiología de la anemia que refieres responde a que la salud no está en la agenda. No lo estuvo desde hace mucho y no lo va a estar por mucho tiempo más. Creo que no lo hará a menos que cambiemos nuestras prácticas y nos vertebremos de una vez como comunidad sanitaria.

    Las estructuras de conducción sanitaria se están convirtiendo en supérstites. La gente no sabe para qué está el ministerio de salud nacional (confieso que a veces también a mí me asalta la duda). Desde mi lectura personal creo que, desde hace casi dos décadas, la SSS viene siendo más parte del problema que de la solución. En cuanto a la contribución del PAMI a la sociedad, resulta más clara, pero a menudo es percibida más como un botín del cual muchos quieren apropiarse que como una institución cara a la ciudadanía.Por eso es importante que asumamos como visión el construir consensos sanitarios. Por eso tu artículo es valioso.

    Como sucede a nuestra selección de futbol (¡es tan difícil no sucumbir a la tentación de metáforas futboleras¡) tenemos en el ámbito sanitario excelentes figuras individuales que no consiguen jugar en grupo. He notado que invertimos más tiempo y energía en criticar a los otros que en encontrar puntos en común.

    Mi tesis es: pongámonos de acuerdo respecto a cuales son los problemas sanitarios de nuestro país. Acordemos luego soluciones para ellos basados en evidencias. Las instituciones, los títulos y slogans e incluso las figuras para conducir esa implementación serán luego un problema menor.

    Abrazo y que el 2017 nos encuentre debatiendo constructivamente.

    Fede

  2. Tras lo que ha dicho federico a este humilde aprendiz, poco le queda decir. Mi metáfora futbolera es que seguimos pensando en el Boca vs River.

    Tras un error inicial releyendo lo escrito por Javier, la cuestión de fondo es muy bien analizada, permite llegar a la reflexión y no abunda o falta una palabra de más. Podemos con Javier ver algunas cosas de distinto tono, pero admiro la capacidad de resumen y evitar lo que expresó Federico, ” evitar los títulos y slogans”.

    Lo escrito por el Dr. Reale es otro aporte al conocimiento sanitario de su larga experiencia.

    Ustedes son mis maestros y los sigo. No es adularlos, es como me dijo Javier el otro día: “todos aprendemos de todos”.

    No estoy entrando en twitter porque lo han bloqueado en mi trabajo.

    Abrazo y que el 2017 sigamos buscando lo común y no la discordia.

    Antonio Camerano

  3. Estimado Javier
    Excelente reflexión. Creo que por ahora, mal que nos pese, nos toca enriquecer los debates, ya que la Política de Salud en Argentina no ha dejado de gatear…A veces considero que el financiamiento es causa y consecuencia del problema. Necesitaríamos un modelo Beveridge al estilo NHS (RU) que diluya los intereses corporativos y ponga a los ciudadanos más conscientes de la relación recursos-calidad-derechos.
    Un saludo y buen 2017!

    Jorgelina Alvarez

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