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Como estamos transitando el año del Bicentenario de nuestra Independencia, dos artículos de mi autoría. El primero es sobre un informe que el primer Protomédico, el Dr. Miguel Gorman (u O’Gorman, o de Gorman), elevó a pedido del Virrey Arredondo en 1793 sobre la efectividad de la vacuna antivariólica. Recordemos que Gorman era resistido —no por el episodio posterior de su nieta de Camila y el cura Ladislao— porque, aunque se había educado en España, había nacido en Irlanda, lo que implicaba un desmedro a sus antecedentes. Por su conocimiento del inglés, pudo adquirir la experiencia de la Escuela de Medicina de Londres acerca de la reciente variolización, pero prevenir o atenuar la viruela. Tal como unos dos siglos después dijo Avedis Donabedian, y requería el pensamiento médico-científico, todo estudio de mejora de la Calidad —para ser representativo— debe poder ser medido y comparado con otros estudios que no contaron con esa mejora. De modo que el informe de Gorman debería ser considerado el “Primer Estudio de Calidad del Río de la Plata”.

   El segundo artículo muestra la disponibilidad de hospitales en la Ciudad de Buenos Aires en la época de la Independencia —no existía ningún hospital en Tucumán, y había algunos proyectos en Córdoba, Mendoza y Salta—, administrados por los Hermanos Hospitalarios Bethlemitas, que gozaban de la confianza de la Corona Real de España. Ese beneficio se deterioró después de la Revolución de Mayo y de la Asamblea del Año 13, pese a que los Bethlemitas eran buenos administradores. Los Reglamentos del Cabildo de 1815 y de la Junta Hospitalaria de 1816, muestran un minucioso espíritu reglamentario, que en la práctica parece no haberse cumplido. Tampoco los Reglamentos para el Hospital de Hombres de 1822, y del de Mujeres de 1826, respectivamente. Este artículo puede tomarse como un ejemplo del escaso valor de los textos normativos, si luego no son verificados en el terreno con indicadores medibles.

Hugo E. Arce

        

 

El Primer Estudio de Calidad del Río de la Plata

 Dotado de sólidos antecedentes académicos, de una educación básica en Irlanda y de una gran formación médica en Francia y España —su padre era irlandés y su madre española—, Miguel Gorman también había adquirido experiencia quirúrgica en los campos de batalla del ejército español. Ese prestigio determinó que el primer Virrey del Río de la Plata, Pedro Antonio de Cevallos Cortés y Calderón, lo trajera en su expedición en 1777, pero no le tuviera ninguna confianza por su progenie ajena a la Corona Española. Recién fue formalmente reconocido por su sucesor, el Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo en 1978, quien lo designó titular del Protomedicato del Río de la Plata. Dos años después se comunicó a todas las ciudades del nuevo Virreinato la autoridad con que había sido investido el Dr. Miguel Gorman. Reconocido con esta autoridad, Gorman se dedicó a establecer los programas de formación de médicos profesionales, practicantes, sangradores, barberos y otras tareas afines. Asimismo estableció un reglamento para inspeccionar sistemáticamente los barcos que arribaban al puerto, así como la calidad del agua que recogían los aguateros en el río. Cabe mencionar que frecuentemente los aguateros cargaban sus toneles a pocos metros de donde estaban las lavanderas o se bañaban los esclavos.

   En virtud de que la viruela era una de las principales epidemias que afectaban la Ciudad de Buenos Aires, y con la experiencia que Gorman había observado en Londres, propuso al Virrey Nicolás de Arredondo practicar una variolización masiva, a partir de material de pústulas de viruela inoculadas en vacunos, de ahí el término vacunación. Para ubicar el medioambiente histórico, cabe acotar que las primeras pústulas habían sido transportadas a Montevideo por 3 negros que llegaron en un barco de mercaderes de esclavos, pero las preparaciones no fueron efectivas. Una vez autorizada la campaña preventiva propuesta por Gorman, el Virrey le pidió un informe en 1793 sobre los resultados, que se transcriben a continuación. Su título era muy diferente a los que solemos utilizar ahora:

Noticia de los virulentos con expresión de los sanos y desgraciados naturales e inoculados desde que principió la epidemia en octubre último hasta la fecha, asistidos por los facultativos de esta ciudad.

 

Profesionales, practicantes Naturales Inoculados
Sanos Muertos Total Sanos Muertos Total
Dr. D. Cosme M. Argerich 67 15 82 89 89
Lic. D. José Capdevilla 41 10 51 204 1 205
Lic. D. José Mota Lagosta 8 3 11 29 29
Lic. D. Joaquín Terreros 34 13 47 49 49
Lic. D. Miguel Rojas 81 27 108 121 1 122
Lic. D. Agustín Fabre 53 11 64 89 89
Lic. D. José Ig Aroche 6 4 10 24 24
Lic. D. Juan Ximenes 11 3 14 1 1
Lic. D. Francisco Mendez 108 28 136 83 83
Lic. D. Francisco A. Lamela 146 1 147 62 62
Lic. D. Manuel Salvadores 52 8 60 14 14
Lic. D. Bernardo Nogué 85 11 96
Lic. D. Gerónimo Arechaga 82 16 98 28 28
Lic. D. José Antonio Prado 52 10 62 37 37
Dr. D. Miguel Gorman 24 5 29 21 1 22
Total 851 165 1015 851 3 854

 

Firmado: Sr. Dr. Miguel Gorman

Lic.: era el título asignado a los practicantes que aún no habían alcanzado el grado profesional de Doctores.

D.: se utilizaba por Don en todas las designaciones formales.

   Pese al notorio éxito de esta campaña, la variolización masiva recién fue aplicada en el Virreinato en 1803, debido a la desconfianza que la Corona le tenía al irlandés Gorman y a un invento inglés. En 1800 el médico catalán Francisco Puiguillén, llegó a España con esta innovación, procedente de Francia, logrando el amparo y la confianza reales. Por este motivo en 1803 el Gobierno español decidió participar a las colonias de los beneficios del nuevo procedimiento, dado que “siendo lo más gravoso de todo la disminución del ramo de los tributos de los indios, que faltando, faltan otros tantos contribuyentes y bajan por consiguiente las entradas de la Real Hacienda”. Como se ve, una conmovedora expresión del espíritu humanitario que animaba la medida.

   Después de las Invasiones Inglesas, donde los egresados de la Escuela de Medicina tuvieron una destacada actuación, aunque su actividad estaba decayendo Gorman consiguió la sanción de un Reglamento para organizar la lucha antivariólica en la ciudad. Preveía los recursos para sostenerla, a los que podría caracterizarse como el Primer Nomenclador de Prestaciones:

  • Pudientes de 1ª clase, 6 pesos fuertes.
  • Pudientes de 5ª clase con un criado, 3 pesos fuertes.
  • Pudientes de 5ª clase sin criado, 1 peso fuerte.
  • Pobres, sin arancel.

   En su planificación Gorman preveía la auto-sustentabilidad de la campaña, un concepto innovador para aquel momento: un peso fuerte equivalía a una moneda de 27 gramos de plata con una pureza del 92%. Eran tiempos donde la salud no tenía un lugar destacado en los asuntos públicos.

Referencia

  • Veronelli J., Veronelli Correch M.: Los orígenes institucionales de la Salud Pública en la Argentina. Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS), Buenos Aires, 2004, tomo 1: 87-91.

 

 

Los hospitales porteños en la época de la Independencia

 Para comprender la situación de los hospitales en el país, en la época de la Independencia Nacional, conviene abordar el concepto de hospital que comienza a predominar en ese momento, así como explicar los rasgos de la transición hospitalaria, que contemporáneamente se producía en Europa. En efecto, el hospital como espacio de aislamiento y asistencia de moribundos y menesterosos, evolucionaba hacia su moderna función como espacio de curación, es decir, desde una misión esencialmente sacerdotal a su medicalización (Arce, 1993, 2010).

 

La transición hospitalaria a principios del Siglo XIX

 

   Sonis, señala las últimas décadas del siglo XVIII, como el momento en que se produce la medicalización del hospital. Antes de ese momento, los conocimientos médicos no se sustentaban en la observación hospitalaria, eran jurisprudencia médica, elaboración teórica o empírica individual (Sonis, 1984). Una observación en el mismo sentido hace Foucault, aunque refiriéndose al papel de las universidades con posterioridad a la Revolución Francesa, al analizar el tránsito de la Medicina, como acumulación individual de experiencias profesionales, hacia el conocimiento médico colectivo con respaldo institucional (Foucault, 1986: 97-128). Desde el punto de vista de la antropología cultural, el concepto de hospital surge en la Edad Media, por la conjunción de dos valores cardinales: caritas, como expresión del amor paterno entre Dios y los hombres, e infirmitas, como condición de los “hombres frágiles” derivados del pecado original (Le Gogg-Truong, 2005: 100).

   El análisis del período previo, podría denominarse prehistoria hospitalaria, ya que aquellos establecimientos estaban destinados a albergar menesterosos, peregrinos, enfermos que habían sido aislados de su medio social, o moribundos que carecían de cuidado familiar. La Medicina no se desenvolvía dentro del ámbito hospitalario, el cuidado de estos pacientes estaba a cargo de sacerdotes, monjas o voluntarios caritativos. Es interesante que, para el Diccionario de la Lengua Española, hospital —que proviene del latín hospitalis— es originalmente un adjetivo, que significa afable y caritativo con los huéspedes (1ª acepción), y que corresponde al sustantivo hospicio —casa destinada a albergar y recibir peregrinos y pobres—, sinónimo de hospedaje. En realidad, el pasaje de esta prehistoria a la historia hospitalaria, está acompañado por la sustantivación de la institución, es decir, el momento en que adquiere objetivos y características específicas. En consecuencia, simultáneamente con la gestación de la Edad Contemporánea, el antiguo albergue hospitalario se fue transformando genéricamente en hospital.

   Carrillo dividía la historia universal de los hospitales en 5 períodos: a) mágico-empírico; b) filantrópico-caritativo; c) técnico; d) científico, y e) económico-social. Los 4 primeros períodos corresponden aproximadamente a las edades Antigua, Media, Moderna y Contemporánea; el quinto, era el que consideraba el modelo actual para ese momento. El período técnico ya implicaba la participación de médicos, y en realidad era la zona gris que cabalgaba entre el albergue caritativo medieval y el hospital medicalizado contemporáneo (Carrillo, 1974: 345-364). En esa posición estaban los hospitales a que nos referiremos.

   Vuegen (1988) hace un minucioso análisis de la transición entre el hospital-albergue y el hospital como máquina de curar, basándose especialmente en los conceptos de Foucault (Foucault, 1978, 1979, 1986). Esta transición lleva un largo proceso de maduración, que incluye cambios en el concepto de enfermedad, en la función del espacio hospitalario y en la naturaleza social del hospital. La enfermedad y la miseria, atribuidas a culpas y castigos de origen divino, comienzan a ser interpretadas como consecuencia de un desequilibrio con la naturaleza, o de la influencia de un medio inadecuado. El hospital-albergue, proveniente de la concepción caritativo-religiosa medieval, destinado a la reclusión y aislamiento social de la miseria —o como antesala de la muerte— empieza paulatinamente a ser interpretado como espacio de curación, profesionalizado por una marcada preponderancia de la actividad médica. Por el contrario, la actividad religiosa es desplazada del eje organizativo, para constituir un servicio adicional. El trabajo citado rescata valiosos documentos de la época (ver Reglamentos).

   La medicalización del hospital conlleva una estricta disciplina funcional y la reglamentación de todas las actividades; racionalidad que también se extiende al diseño arquitectónico. Así se pasa del recinto indiferenciado, anexo a una iglesia y un cementerio, al pabellón ubicado como una isla entre jardines, es decir, rodeado por la naturaleza. Este cambio conceptual está destinado a aislar a los enfermos para evitar los contagios epidémicos, con una distribución del espacio que responde a una estricta racionalidad matemáticamente calculada. Todo este proceso ocupa en Europa los siglos XVII y XVIII, y posibilita la transformación de los primitivos albergues para menesterosos y su incorporación a la planificación urbana, en una secuencia donde es probable que las ideas hayan precedido por muchos años a los hechos concretos. En particular la Academia de Ciencias de París, fue la que fijó un escenario para la polémica médico-arquitectónica y concretó escritos sobre los fundamentos utilizados (Foucault, 1979). La misma Academia recomendaba la ayuda nacional, ya que “la asistencia de la clase desafortunada es una carga del Estado”. Inspirada en Montesquieu, planteaba que la limosna, como acto de virtud individual —pero que degradaba al que la recibía—, debía ser reemplazada por el derecho a la asistencia y la responsabilidad del Estado.

Los hospitales del Virreinato al iniciarse el Siglo XIX

 

 Veamos qué ocurría en Buenos Aires con los hospitales coloniales del Virreinato entre fines del Siglo XVIII y comienzos del XIX. Su vigilancia se encontraba bajo la dependencia del Protomedicato del Río de la Plata, aunque la administración directa la hacían comunidades religiosas. La planificación sanitaria virreinal parecía simple: un hospital para los hombres y otro para las mujeres. Con este objetivo se tomó el Hospital San Martín —que se refería a San Martín de Tours y por supuesto no a Don José— para actualizarlo con destino a los hombres, y el Colegio de Niñas Huérfanas para proveer la atención de las mujeres.

   El Hospital San Martín, fue puesto bajo la dirección de los hermanos Bethlemitas o de Santa Catalina en 1726, y más tarde en 1748 fue designado Hospital General de Hombres. Estaba ubicado junto a la Iglesia San Martín en la manzana de las actuales calles México, Chile, Defensa y Balcarce. En cambio el Hospital de Mujeres se originó en 1769, como un pabellón del Colegio de Niñas Huérfanas, que estaba a cargo de la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo de la Ciudad de Buenos Ayres. Este precario albergue hospitalario estaba constituido por una sala con 12 camas, el Colegio, una iglesia y el Cementerio de Pobres y Ajusticiados, pero se mantenía una estricta separación entre Colegio y Hospital. Estaba ubicado al lado de la actual Iglesia de San Miguel, en las calles Bartolomé Mitre y Suipacha. Las damas que hacían donaciones al hospital eran claramente mencionadas en solemnes actas patrimoniales. La individualización de las pacientes, agregaba al lado de su nombre la categoría social a la que pertenecían: “esclava, negra libre, china y blanca”. Los manuscritos de la época hablaban del Hospital de Pobres Mujeres.

   La Administración de los hospitales debía tener dos funciones separadas, asignadas a distintas personas: Administración de la Vigilancia y la Administración Ejecutiva. La proximidad entre el hospital y el cementerio expresaba el desenlace habitual de los enfermos, las funciones sacerdotal y medicinal estaban estrechamente vinculadas. El propósito del hospital estaba explícitamente definido para “la pobreza, la miseria, el abandono, la enfermedad”, cuyas causas se inspiraban en el pecado, la culpa y el castigo. En el Hospital de Hombres recibían atención criados, esclavos, peones, carpinteros y soldados, pero también albergaban a “miserables y desvalidos”. El hospital era esencialmente un espacio de aislamiento y reclusión.

Los hospitales después de la Revolución de Mayo

 

   El desplazamiento de estas innovaciones hospitalarias hacia las colonias ubicadas en América, también ocurrió antes en el campo de las ideas y las normativas escritas, que en el de la realidad. La Asamblea General de 1813 establecía que “los establecimientos hospitalarios que estén a cargo de comunidades religiosas se pongan en administración de manos seculares”. Medida que se complementó en 1815 con el Reglamento de las Juntas Hospitalarias para la administración de los Hospitales Bethlemíticos, donde predominarían claramente las autoridades civiles, desplazando abruptamente el poder de las órdenes religiosas. Esta decisión se fundamentaba en el hecho de que se había establecido un impuesto adicional para sostenerlos. Las tensiones entre civiles y religiosos continuaban, y el Administrador de Hospitales en nota al Director Supremo, denunciaba la “lamentable y precaria situación”. Los frailes se resistían a entregar los fondos hospitalarios, lo que significaba reducir su intervención a servicios exclusivamente religiosos.

   En el Reglamento de la Junta Hospitalaria de 1816 se establecían con precisión las funciones de médicos, cirujanos, sangradores, boticarios, practicantes y enfermeros, todos categorizados como mayores y menores según su experiencia. Asimismo detallaba los sectores que debía inspeccionar el Administrador en sus visitas que, como jefe principal del hospital, dependía directamente del Ministro Secretario de Gobierno. Llama la atención en el Reglamento del Hospital de Hombres de 1822 y del de Mujeres de 1826, la gran cantidad de detalles que se señalan respecto a obligaciones de los enfermos, funciones de enfermeros y facultativos, alimentación y limpieza de la ropa. Asimismo el mantenimiento de la cocina, la despensa, el guardarropa y la disciplina diaria de funcionamiento. También seguía vigente la categorización de los pacientes según su condición social y origen racial.

   Vista desde la perspectiva histórica, la Asamblea del Año XIII constituyó un verdadero “congreso de la revolución”, que comenzó asumiendo la soberanía de las Provincias Unidas: el absolutismo político de España comenzaba a ser desplazado lentamente por el Enciclopedismo europeo. Se oponían el mundo feudal y el mundo moderno, donde predominaban las ideas de Locke, Montesquieu y Rousseau. En ese marco se secularizó la administración de los hospitales, se dictó la libertad de vientres, se suprimieron la mita, la encomienda y el yanaconazgo, y se anuló el Tribunal de la Inquisición. También se aprobaba el plan de enseñanza médico-quirúrgica presentado por el Dr. Cosme Argerich.

   Para el ámbito hospitalario, los textos de la documentación citada parecen haber sido extremadamente ambiciosos, ya que mostraban un minucioso afán reglamentario, que comprendía todos los componentes funcionales del hospital. Apelando a un lenguaje administrativo de estos tiempos, y admitiendo que puede resultar extemporáneo para la prosa resolutiva de ese momento, las directivas contemplaban: a) pautas de supervisión de las autoridades sanitarias; b) los servicios asistenciales o finales, proporcionados por médicos, cirujanos y practicantes; c) los servicios intermedios de sangradores, boticarios y enfermeros, y d) los servicios de apoyo, relativos a cocina, despensa, guardarropa, limpieza, e incluso asistencia religiosa.

   Pero aquellas disposiciones del Protomedicato de Buenos Aires, a fines del siglo XVIII, del Cabildo en 1815 (Reglamento, 1815) y de la Junta Hospitalaria designada por la Asamblea del año XIII (Reglamento, 1816), puede suponerse que demoraron una buena parte del Siglo XIX para ser implementadas, porque los hospitales mantuvieron su precaria condición al menos hasta la epidemia de fiebre amarilla. En efecto, el panorama que describía Guillermo Rawson en los hospitales de Buenos Aires hacia 1870, era absolutamente desalentador (Veronelli, 1975: 31), si se lo compara con los derechos y reglamentaciones, que habían tutelado su desarrollo en las aspiraciones patrióticas de los tiempos de la Independencia.

Referencias bibliográficas

  • Arce H.: El territorio de las decisiones sanitarias. Ed. H. Macchi, Buenos Aires, 1993: 123-154.
  • Arce H.: El Sistema de Salud; de dónde viene y hacia dónde va. Ed. Prometeo, Buenos Aires, 2010: 73-81.
  • Carrillo R.: Teoría del hospital. Teoría del Hospital. EUdeBA, Buenos Aires, 1974.
  • Documentos recopilados por Silvia Vuegen, 1988, Archivo General de la Nación:
    • Reglamento para las Juntas que han establecerse en esta Capital y Pueblos dependientes para elc régimen y administración de los Hospitales Bethlemíticos, Buenos Aires, 1815.
    • Reglamento de la Junta Hospitalaria para la mejor dirección de ambos hospitales, seguridad y adelantamiento de sus intereses, aseo y limpieza, curación y asistencia de los enfermos, Buenos Aires, 1816.
    • Reglamento para el Hospital de Hombre de Buenos Aires, 1822.
    • Reglamento para el Hospital de Mujeres de Buenos Aires, 1826.
  • Foucault M.: Incorporación del hospital en la tecnología moderna. Educación médica y salud, Vol. 12, Nº 1, OPS-OMS, Washington D.C., 1978.
  • Foucault M. y col.: La machine á guerir (aux origines de l´hospital moderne). Architecture-Archives, Ed. Pierre Mardaga, Paris, 1979 (citado en Vuegen, 1988).
  • Foucault M.: El nacimiento de la clínica. Ed. Siglo XXI, 11ª edición, México D.F., 1986.
  • Le Goff J., Truong N.: Una historia del cuerpo en la Edad Media. Paidós, Buenos Aires, 2005.
  • Sonis A.: Roles del hospital moderno, perspectiva argentina. Medicina y Sociedad, Vol. 7, Nº 1-2, Buenos Aires, 1984: 10-19.
  • Veronelli J.: Medicina, Gobierno y Sociedad. Ed. El Coloquio, Buenos Aires, 1975.
  • Vuegen S.: Modelos médicos y espacio de curación; sociología del hospital en la Argentina (tesis de doctorado). Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, mimeo, Mendoza, 1988, 2 tomos.

2 pensamientos en “La Salud hacia los finales de la Colonia

  1. Excelente lectura. De la Historia, de nuestra historia Sanitaria se aprehende. Me gustaría que el Dr. Arce nos cuente sobre quienes y como se creó el PAMI (es un tema interesante de nuestra, historia). Se que es parte de su libro, pero creo que vale la pena. Saludos a los Colegas Sanitarios !!!!
    Antonio

  2. Muy interesantes ambos artículos sobre la historia sanitaria de argentina que nos remontan a la Salud previa a la revolucion de Mayo

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